Cuando uno pasea por las ciudades que visita, encuentra muy a menudo, estatuas y monumentos dedicados a mostrar y magnificar a ciudadanos, santos o reyes que han destacado en la historia local por sus obras literarias, científicas, batallas, reinos o santidades más o menos conocidas. Pero hay un personaje que no tiene monumentos y es el de aquel que se opuso a la exaltación, en nombre de Dios o de la patria, del baño de sangre guerrero; aquel que luchó hasta padecer la cárcel por no empuñar un fusil, aquel que puso sus conocimientos contra la guerra o guerras santas. Es una persona odiada y ultrajada por todos los regímenes políticos y todas las teocracias de la historia. ¿Dónde está la calle o monumento al pacifista desconocido?
Uno que se maravilla de las grandiosas catedrales edificadas a la mayor gloria de aquel nazareno del año cero, no ve en las lápidas admiradas por miles de fieles de todas las épocas, ninguna referencia a los que siguieron atentos el sermón de la montaña y su Bienaventuranzas, en especial aquella que dice: “bienaventurados los pacíficos (pacificadores, luchadores por la paz)…”. Uno ve en esas casas de Dios, sepulturas de hombres armados con espadas y puñales, es curioso que no haya ninguno con misiles, metralletas o pistolas (como si desde la aparición de las armas de fuego ya no existan estadistas santos).
Todo esto me envuelve como una neblina al recordar estos días el comportamiento de ilustres profesores, cardenales y políticos con el llamado proceso de paz en nuestro País Vasco. Se ha insultado, denigrado, ultrajado a los que se atrevían a entablar un diálogo con el enemigo, el otro, el que golpea mi mejilla. Es como si los que gritan “a por ellos”, fueran pontífices del miedo, necesario para que haya más víctimas, más odio. ¿Es posible que después de tantos miles de años de evolución no se atisbe una rendija en los nuevos telones de acero mentales y podamos ver cómo el verbo, el lenguaje, lo más humano que tenemos, destruye para siempre el recurso de los violentos?
Bertrand Russell, el filósofo anti belicista que pisó la cárcel, con Premio Nobel de Literatura incluido, a la edad de 89 años por oponerse a las armas nucleares, dice: “Descubrir un sistema para evitar la guerra es una necesidad vital para nuestra civilización; pero ningún sistema tiene posibilidades de funcionar mientras los seres humanos sean tan desdichados que el exterminio mutuo les parezca menos terrible que afrontar continuamente la luz del día”
Estos días he releído su libro “La conquista de la felicidad” (1930) y en su prefacio antes de tratar el interrogante ¿Qué hace desgraciada a la gente? transcribe los siguientes versos de Walt Whitman:
“Creo que podría transformarme y vivir con los animales. ¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!
Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo.
No sudan ni se quejan de su suerte,
no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados,
no me fastidian hablando de sus deberes para con Dios.
Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas.
Ninguno se arrodilla ante otro, ni ante los congéneres que vivieron hace miles de años.
Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo…”
Por eso, a veces, cuando veo las noticias de Darfur, Irak, Líbano, Afganistán, Irak, Palestina, los “misiles preventivos” de Bush y Putin, quisiera volver a ser aquel microorganismo pluricelular protisto coanoflagelado de hace 900 millones de años, mucho antes de que iniciara la impresionante travesía hace 150.000 años en su viaje desde África, cuando dejó de ser un “almado” apacible.