
Huir a la orilla sílice del mar,
con el cielo encastillado
por nubes albinas,
y descalzar tus oídos al ruido
único que te acuna
en soledad,
sin más testigos
que las rocas que aquel talla
sordo, solo, pero repleto de vida.
Fugitivo de esta ciudad que con pólvora
implanta, ruidos opacos sin remedio,
la alegría cutre y gregaria de sacristán fallero,
trato de escuchar el canto del ruiseñor bastardo
que Keats oyó
en el corazón moabita de Rut.
1 comentario:
Me gusta mucho, sobre todo, el final de ese poema...
un saludo
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