22 de abril de 2007

Anna Seghers




Acabo de leer el librito de Anna Seghers, seudónimo de la escritora alemana Netty Reiling, “La excursión de las niñas muertas” donde uno puede ver como se desvanece un mundo juvenil, luminoso, dichoso y alegre dentro de una neblina gris y angustiosa de una sociedad desintegrada por el horror nazi.

Trata del relato de una exiliada alemana en México a partir de los recuerdos de una excursión infantil en los años anteriores a la primera Guerra Mundial. Con esta estructura, Netty nos describe un retrato muy próximo de aquellas muchachas y su devenir a través de los años hasta la llegada del horror nazi, con la muerte incluida de cada una de ellas. Las parejas que se forman en aquellos días de luz, juventud y color en la orilla derecha del Rin acabarán víctimas del odio, la desesperación o de los bombardeos, nadie sale vivo excepto la narradora y la hija de Leni que sobrevive, ironías del destino, en un orfanato nazi porque nadie quiere pagar el viaje hasta Berlín donde vive la familia del padre.


Todas formaran parte de aquel dantesco reparto de víctimas y verdugos: Lore, la más alegre y con ganas de disfrutar de la vida, se suicida; Gerda no acepta que su marido claudique al poner la esvástica en el balcón y también se quita la vida. La joven maestra Sichel que le pide a la niña narradora que haga una redacción de la excursión también perece durante la persecución antisemita en un campo de exterminio. Así son descritos dieciocho más. Cada uno de los personajes que aparecen en la historia es colocado cuidadosamente a través de la neblina de los recuerdos en el mosaico roji-negro de la dignidad humana pero con la dulzura de los recuerdos de la infancia, cuando la alegría y la amistad son los únicos protagonistas.


Yo creo que la autora, que era madre y comunista tiene fe en el futuro, cree en la esperanza de la humanidad y por eso narra aquellos recuerdos para construir un futuro en el que no vuelva a renacer un régimen basado en el odio, la intolerancia, la violencia, la injusticia. Obra escrita en 1943 en su exilio mejicano. El relato termina precisamente recordando la tarea que le encomendó su joven maestra Sichel: una redacción que describiera la excursión de aquel día.


Precisamente en La Revista de los Libros de este mes hay un artículo de José María Guelbenzu, para hablar de su obra más famosa La séptima cruz, que recoge la explicación que dio Anna Seghers sobre las razones de la literatura en aquellos años: “Cuando volvía de la emigración, atravesé Alemania desde el oeste. Las ciudades estaban reducidas a escombros, al igual que el espíritu de las gentes. En aquel entonces Alemania presentaba una “unidad” de ruinas, desesperación y hambre. Pero también había personas que no estaban aturdidas por la miseria, y que, por vez primera, planteaban preguntas inquietantes para todos: ¿Qué ha pasado? ¿Cómo pudo ocurrir? Y de ahí surgió la siguiente pregunta: ¿Qué hay que hacer para que jamás pueda volver a surgir este terror?”

Esta excursión me ha inquietado porque en estos días, en Europa, con tanta banderología, tanto miedo/odio al otro, en una sociedad tan desarrollada y culta, ¿no será necesario releer estos relatos de mujeres luchadoras como Anna, precisamente para hacer algo que impida que pueda volver a surgir aquel terror?

3 comentarios:

Gregorio Luri dijo...

Te devuelvo con mucho gusto la visita. Y te felicito por tu blog. Me ha gustado mucho. Volveré, sin duda.

Conciencia Personal dijo...

Tus lecturas compartidas me adentran en un pozo profundo de conocimientos, sinceramente lo agradezco.


A casi 62 años del genocidio tu lectura es pertinente en tiempos de quemaduras físicas y del alma. Ojalá y reflexionemos más sobre ello.

Un abrazo amigo.

Las3Musas dijo...

La clave "hacerse preguntas". Lo que es sin duda peligroso es un arespuesta falsa. Si miramos alrededor el mundo está constituido de respuestas falsas. Esta es la bandera de la intolerancia, de la demagogia, de la mala vida en todo su esplendor de consumo.
Las preguntas son temidas, degradadas, reprimidas a mansalva.
Ahí está nuestra única arma.

Te dejo un abrazo.
Musa Rella