26 de enero de 2009

Derborence, el silencio roto de la montaña



Picado por la curiosidad del comentario anónimo de V-M he buscado por varias librerías el libro de Charle-Ferdinand Ramuz. Lo encontré en, para mi, la mejor de todas de Valencia: VALDESKA en la calle Mar; publicado por Ed. Nortesur y traducción de Marta Pino Moreno.

Ramuz es un escritor suizo que hoy pasaría como escritor de costumbres , pero es algo más porque sabe reflejar como pocos la soledad del ser humano en medio de la naturaleza que le rodea, paisaje de montañas y valles.

El mismo hizo un esbozo de su vida:

Nací en 1878, pero no lo digas.

Nací en Suiza, pero no lo digas.

Di que nací en el País de Vaud, antiguo país de Saboya, es decir de Languedoc, es decir francés de la ribera del Ródano, no lejos de su nacimiento.

Soy licenciado en letras clásicas, no lo digas.

Di que me apliqué para no ser licenciado en letras clásica, no lo soy a fondo, pero mejor de lo que un hijo de cosechero de vino hubiera querido reflejar.

Pero expresar, es acrecentar.

Mi verdadera necesidad, es acrecentar.

Fui a París muy joven: es en París donde me di a conocer a causa de París.

Viví durante doce años, cada año, varios meses en París; los viajes de París a mi casa y de mi casa a París fueron todos mis viajes.

(Otro que hice por culto hasta el mar, mi mar, descendiendo por el Ródano)

(Carta a Henry Polaille, mayo de 1924)


París le abrió los ojos y se los cerró a un tipo de vida, su cuna literaria, pero en 1914 volvió definitivamente a Suiza en donde vivió retirado del mundo de las luces tumultuosas. Este retiro pudo llevarle a escribir sobre los mitos de la naturaleza y el hombre, escribió varios ensayos.

Pero como decía Juan Rulfo, en la divertida entrevista que le hace José de la Colina, de sus obras la mejor es Derboranza (Derborance), que me ha evocado muchas vivencias montañeras y la terrible soledad que conlleva su encuentro. Relata, sobre la base de un hecho real ocurrido en un valle de alta montaña, cuando un corrimiento de tierras sepulta a un pastor y después de varios meses logra sobrevivir. El espanto de una tragedia se va transformando en una esperanza casi fantasmagórica antes de ser real.

Sorprende lo heterodoxo de su forma de exponer pensamientos, descripciones, diálogos y los añadidos de sus comentarios en esas descripciones del paisaje, en las que te parece tener al lado a este señor de aspecto serio y convencional, que nos evoca situaciones más que vivencias.

El silencio de la alta montaña, el silencio de los lugares despoblados de hombres, donde el hombre sólo aparece de forma ocasional; entonces, a poco silencio que guarde, por mucho que aguce el oído sólo oye que no oye nada. Era como si ya no existiera nada en ninguna parte, desde nosotros al otro confín del mundo, desde nosotros hasta el fondo del cielo. Nada, la nada, el vacío, la perfección del vacío; una anulación total del ser,...

Y cuando ese silencio se rompe se inicia la soledad del pasado.

3 comentarios:

F.Puigcarbó dijo...

los cuadros de Cezanne tienen algo en especial que siempre me ha fascinado. Este es ya de la última época.

Manuel Ortiz dijo...

Tomo buena nota. Siempre es grato que te hablen de un escritor que no conoces. Archivado queda, pues, para una posible lectura vacacional.

Gracias por la recomendación.

Eterna aprendiz dijo...

Precioso cuadro, coloridos que atraen y dan vida.
Interesante, me enseñas autores nuevos, su estilo, y la idea de ellos en tus reflexiones siempre tan amenas.
Saludos