10 de mayo de 2008

1948, Israel.


(Foto de Alfred Domínguez)

En esta ciudad no puedo contemplar por la noche las estrellas, el resplandor de las calles deslumbra y oculta aquello que permanece desde hace millones de años, que pudieron contemplar tantos y tantos habitantes de estas tierras, la brillantez de la vida urbana nos lo impide.

Tanta iluminación, tanta luz, es como si quisiéramos un mundo sin sombras, sin contrastes. Iluminado todo como un escenario de televisión, lleno de color, nada de imperfecciones, ni arrugas, nada que nos pueda inquietar.

Las sombras inquietan aunque venimos de allí, del vientre materno lleno de sonidos y temblores en acogedora penumbra.

¿Por qué se dice “la noche de los tiempos”?, como si el pasado surgiera de la oscuridad, como si los recuerdos –anotaciones del tiempo- que yacen en fosos sin luz, de esa noche se rescatasen. Hace unos días tuve un sueño en el que paseaba por las habitaciones, corrales, retrete, bodegas de la casa de mis abuelos maternos, mi sorpresa al despertar era que el sueño había sido una recreación exacta de la casona, incluidas las sombras proyectadas por el candil de aceite.

En estos días, cielos grises con lluvias, la memoria que araña imágenes brillantes de la realidad para fijarlas en este espacio rescata una que surgió en aquel año de 1948, el nacimiento de un Estado que fundamenta su existencia en un libro. Es como si de la noche de los tiempos se materializara una palabra que acoge a millones de personas con una creencia común.

Ese país, el más europeo que tanto admiro, nacido tras el Holocausto aunque gestado muchos años antes, se mece ante el abismo de la intransigencia para dar a luz a otro pueblo perseguido y humillado. Es como si el resurgir de un pueblo del fondo uterino de Occidente precisara dar a luz a otro del que nadie se acordaba hasta la llegada de los primeros sionistas. El dolor del que surgió Israel no puede calmarse, no hay futuro, con el que se hunde en las entrañas de otros seres humanos de creencias diferentes.

En esta aldea global que habitamos no nos dejan ver las estrellas, el más allá de lo sensible. Todo está tan alumbrado que no podemos distinguir lo falso de lo verdadero y la luz que más deslumbra es el fanatismo.

Como dice Pascal Quignard “Todo hombre quiere creer que para la cerradura indescerrajable y chirriante y oxidada en que se ha convertido hay una llave” y eso es un sueño.


El año en que yo nací la ONU aprobó la Declaración de los derechos humanos y el Estado de Israel, dos sueños.

4 comentarios:

Luis Rivera dijo...

Y yo tenía ya 4 años, Petrusdom. Siempre he tenido al estado de Israel como algo admirable, y en esta sociedad en que vivimos inmersos, voy en ello a contra corriente. Y sin embargo, soy consciente, de que ese Estado sería inviable, en su forma actual en Europa.

Clarice Baricco dijo...

Al leerte recordè algo de mi familia y te la comporto.
Mi abuela muriò deseando conocer Israel. Era lectora con todo lo relacionado a este lugar.
Mi madre si logrò cumplir el sueño e ir a tocar sus arenas.
(Mi hija Bethania se llama asì por dos razones. Una de ellas tiene que ver con este paìs).

Abrazos

Sirena Varada dijo...

Es curioso que hace un rato leía en un blog de alguien que está de viaje por Israel sus impresiones sobre Jerusalén, en cuyo presente se proyectan las amarguras de gentes que representan identidades superpuestas, aguas y aceites que jamás harán el crisol de la integración.
Es terrible, pero posiblemente todo está impregnado de ese dolor del que –como dices- surgió Israel, del dolor de un sueño.

Tarántula dijo...

Te traté de dejar un mensaje ayer y no pude. Me encantó el texto, es increíble pero me metí tanto en él que sentí (no estoy exagerando) que caminaba por sus calles, que veía esas luces y respiraba el aroma del país.

Me encanta viajar porque cada país huele distinto y el mejor recuerdo siempre lo conservan (es curioso, pero es así) nuestras papilas gustativas.

Saludos