20 de septiembre de 2007

Horacio y los obispos



Después de meditar En el bosque del amigo Luis, este verano he decidido leer a Horacio (Sátiras, Epístolas, Arte poética) y me ha sentado como un parche Sor Virginia en una noche de tos y fiebre de mis inviernos caspolinos años cincuenta. Leer los originales (bien traducidos) y no las reseñas o resúmenes que tanto abunda hoy, te llevan a comprender la importancia de los textos clásicos y sobre todo la memez con que se habla y opina de todo lo que se nos pone delante de la mal llamada opinión pública -potenciales consumidores o votantes- sin saber nada en profundidad, tal vez porque se busca la facilona aprobación social (“un patrón que crea que compartes sus intereses alabará tu diversión con uno y otro pulgar” Horacio).

Todo esto viene a cuento de mis lecturas del apacible Venusiano y tratar de comprender los continuos altercados que se han montado con la toma de postura de la Iglesia Católica de España (especialmente sus Obispos) en materias de educación, biología, homosexualidad. Para entender un poco todo esto habría que beber en las fuentes de donde salen esos torrentes tumultuosos de negras sotanas y variopintos partidos conservadores. Una de esas fuentes imprescindibles son los Cánones (Disposiciones) del Concilio Vaticano I celebrado entre 1869 y 1870. Yo tomo de Angel y su magnífico blog estos puntos como esenciales para comprender las actitudes de los obispos.
“Si alguno fuere tan osado como para afirmar que no existe nada fuera de la materia: sea anatema.
Si alguno dijere que la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle mandada la fe por Dios: sea anatema.
Si alguno dijere que todos los milagros son imposibles [...] o que los milagros no pueden ser nunca conocidos con certeza, ni puede con ellos probarse legítimamente el origen divino de la religión cristiana: sea anatema.
Si alguno dijere que las disciplinas humanas deben ser desarrolladas con tal grado de libertad que sus aserciones puedan ser sostenidas como verdaderas incluso cuando se oponen a la revelación divina, y que estas no pueden ser prohibidas por la Iglesia: sea anatema.
Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema.”


Tampoco hay que olvidar que fue en dicho Concilio donde se estableció la infalibilidad del Papa, de este modo tan riguroso e irreformable:

“El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables. De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema”

Yo soy de los ingenuos que creen que en este mundo pueden convivir la razón y la Fe, pero cuando al volver mis ojos a Horacio, escucho atento: “… para mí quien vive con miedo no será libre nunca”, entonces pienso que con tantos anatemas poco margen queda a la libertad (de pensamiento), poniendo en peligro una de las columnas de la convivencia entre los humanos y su progreso.

Tendremos que averiguar primero qué es libertad, espero que lo aprenda en el curso que me he matriculado de Adela Cortina: Teorías de la libertad.

5 comentarios:

arrebatos dijo...

Gracias a Dios que soy ateo, que sino sería anatema.

Luis Rivera dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Luis Rivera dijo...

Si es que Horacio dice mucho. Te agradezco mucho el comentario.
Leo tus tres últimos post y solo, por compendiarlos, se me ocurre escribir, ¡magnífico!
Será tal vez, que los ojos abiertos y una cierta acomodación a lo que oímos nos hace ser más tolerantes? ¿Serán los años? Los mios, por lo menos.

irichc dijo...

Todos tenemos nuestros particulares anatemas, pero sólo la Iglesia los plasma regularmente en tersa prosa y a pecho descubierto. Es la única moral que cabe tomarse en serio: aquella que no guarda secretos sobre el hombre, caña pensante, ni tiene reparos en mostrar sus límites y sus miserias.

En cuanto a Horacio, se dejó seducir por los escépticos y nos legó máximas tan poco sabias como el célebre "Carpe diem".

Luis Rivera dijo...

¿Porqué le parece poco sabio el Carpe Diem? ¿Lo ha leído a la luz de la "aurea mediocritas"?