22 de mayo de 2007

AVERROES Y LA PROCESIÓN


La torre del templo, muda pero iluminada, preside el inicio de la procesión por las calles del barrio. Las dos filas de mujeres se ponen en marcha, despacio, con sus velas encendidas. No cantan, hablan bajito. Dos mujeres con ramitos de flores van vestidas con lujosos trajes de huertanas. Detrás de ellas la imagen virginal es arrastrada en un carricoche sencillo, sin luces, que empujan cuatro hombres trajeados y repeinados, preocupados, como si no supieran cómo va a responder el carromato que han estrenado. Justo detrás dos hombres canosos vestidos con túnicas blancas y puntillas, dan órdenes a los del carrito para que vayan más despacio. La marcha se inicia al redoble un tambor roto por las trompetas, clarinetes, trompas y flautas de una banda formada por unos diez jovencitos uniformados. Las aceras de la calle están casi vacías, unos pocos niños con sus madres y unos ancianos que se alejan en dirección contraria. La música llena la calle y la procesión se aleja. Detrás, una fila de ocho coches espera impaciente el final del desfile religioso.

Cierro la ventana y vuelvo al estudio a leer La busca de Averroes de Jorge Luís Borges : “Abulgualid Muhammad ibn-Ahmad ibn-Rushd (un siglo tardaría ese largo nombre en llegar a Averroes, pasando por Benraist y por Avenryz, y aún por Aven-Rassad y Fliliu Rosadis) redactaba el undécimo capítulo de la obra Tahafut-ul-Tahafut (Destrucción de la destrucción), en el que se mantiene, contra el asceta persa Ghazali, autor del Tahafut-ul-falasifa (Destrucción de filósofos), que la divinidad sólo conoce las leyes generales del universo, lo concerniente a las especies, no al individuo”. El silencio había vuelto a la calle, apenas roto por algún coche. “Pocas cosas más bellas y más patéticas registrará la historia que esa consagración de un médico árabe a los pensamientos de un hombre (Aristóteles) de quien lo separaban catorce siglos; a las dificultades intrínsecas debemos añadir que Averroes, ignorante del siríaco y del griego, trabajaba sobre la traducción de una traducción. La víspera dos palabras dudosas lo habían detenido en el principio de la Poética. Esas palabras eran tragedia y comedia.”

Un estruendo estalló en la calle, al abrir la ventana aún se sentía la nube de pólvora explosionada cerca de la entrada de la Iglesia, todos en silencio recién terminado el desfile procesional escuchan el sonido metálico del himno nacional de España que la menguada banda toca cansada.

Volví a mi estudio y al terminar la narración de Borges: “Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo,…” quedé pensativo.

Una pregunta estalló en mi cabeza ¿algún día oiremos en la calle, al final de una procesión musulmana, el himno nacional de España? Cerré el libro y busqué en Aforismos de Lichtenberg (1774) una respuesta como aquella que dice: Dios creó al hombre a su imagen significa, probablemente, que el hombre creó a Dios a la suya.

2 comentarios:

andrea os dijo dijo...

En cualquier caso, estoy convencida de que Dios existe y no le importan estas cosas en lo absoluto.

Luis Rivera dijo...

Petrusdom, Ibn Rush, o lo que es lo mismo, el hijo de un apellido visigodo, dijo en cierta ocasión que la cultura árabe había dado lo mejor de sí misma al encontrarse en Al Andalus. Curiosamente, sus traducciones de Aristóteles viajaron, no en dirección a Damasco sino a Europa, y abrieron los ojos de este mundo en que vivimos a un Renacimiento que resultó curiosamente imaparable. En Oriente, por el contrario, se rechazó el pensamiento aristotélico y se cerraron las puertas del castillo medieval, que aún hoy, crujen sin acabar de abrirse.

Estupendo texto, clima y tempo.